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LA ALQUIMIA PEDAGÓGICA


La Angustiosa Búsqueda de la Piedra Filosofal de la Educación

Para quien no lo recuerde, la Piedra Filosofal era la mítica amalgama que los alquimistas de la edad media buscaban de manera delirante, pues estaban convencidos de su poder para transmutar cualquier metal en oro.  

Aplicada como metáfora al contexto educativo, la piedra filosofal habría de ser el sofisticado secreto para convertir la fosilizada rutina escolar en una caudalosa fuente de vida intelectual. ¿Cómo transformar las aulas estériles en espacios rebosantes de vitalidad? ¿Qué recursos didácticos y qué estrategias pedagógicas pueden encender en los desmotivados estudiantes ese fuego sagrado del asombro ante la realidad y del deseo de saber? ¿Cómo combatir la apatía y los sentimientos de frustración que van minando la pasión y el talento pedagógico de los maestros?

Estas y otras preguntas nos remiten a la posible existencia de esa anhelada, misteriosa y mágica Alquimia Pedagógica. ¿Pero adónde iremos a buscar esa chispa de vida que los dioses ocultaron a los pobres mortales? ¿Y si no existe esa piedra filosofal? ¿Si bajo las cenizas del aburrimiento y la mediocridad ya no arde ni una tenue brasa de apetito intelectual? ¡Qué inmenso abismo de incertidumbre! ¡Qué pesimismo tan corrosivo!

Yo quiero arriesgar todo (toda mi vida y mi oficio de maestro) en una apuesta que les quiero proponer: Sí es posible una alquimia pedagógica y, es más, la humanidad ya ha logrado, en ese inmenso laboratorio de la historia, esa descomunal transmutación del bostezo desalentador hacia la mirada de asombro, ese salto abismal de la indiferencia a la perplejidad, de la pasividad a la indagación apasionada.

Algunos estarán pensando que exagero: “Si este profe conociera el secreto de la alquimia pedagógica ya estaría haciendo milagros”. Y tienen razón, no hago milagros Pero quiero aclarar algo. Yo no dije que conociera el secreto, dije que la humanidad ya lo viene descubriendo. Sé que camino en el filo de la ambigüedad. ¿Si no conozco el secreto, entonces, cómo sé que la humanidad ya lo descubrió? No lo conozco si por “conocer” entendemos el pleno dominio de algo. Pero sí logro identificar los efectos transformadores que algunos recursos pedagógicos, implementados por maestros muy inspirados de diversas épocas y lugares, han ido conformando “una poderosa caja de herramientas” que ha demostrado un impacto transformador de las prácticas educativas. 

Cuando algunas voces quejumbrosas, confieso que a veces la mía, se elevan en ese discurso del lamento (“Ya no hay nada qué hacer”, “Esta es una generación perdida”, “La educación no tiene futuro”, “La escuela es una institución anacrónica”, etc.), me doy cuenta del verdadero problema: no sabemos lo que sabemos, sabemos más de lo que creemos saber pero no nos damos cuenta. Hoy sabemos mucho sobre el aprendizaje, sobre las motivaciones. La neurociencia ha encendido su potente antorcha en esa caverna misteriosa de la mente. Pero nosotros incurrimos en un doble error: no valoramos lo que sabemos y no somos capaces de ponerlo en práctica. 

En las sociedades humanas no hay transformaciones mágicas ni recetas de efecto instantáneo. Hay caminos largos y pequeñas victorias, procesos que nos impulsan hacia adelante y momentos en que retrocedemos. En esa escarpada senda de la alquimia pedagógica he detectado tres ejes de transformación: los actores, los escenarios y las actuaciones. 

Esta vez sólo voy a enunciar los cambios que deben experimentar los actores del proceso educativo en sus percepciones y esquemas mentales. Cinco actores sociales y cinco sendas de transformación.     


1. Los profesores deben creer que su trabajo, por anónimo y cotidiano que parezca, está impregnado de vida y de belleza. Su trabajo no es llenar cerebros con información sino ayudar a cada niño para que descubra su propia mirada sobre el mundo y para que se convierta en escultor de sí mismo.


2. Los estudiantes deben aprender que no van a la escuela como quien asiste a una función en la que “alguien” está en la obligación de divertirlos. Al contrario, que son ellos los que deben asumir el reto de aprender a fascinarse con las cosas y a darles vida con el aliento de esa fascinación.


3. Los padres deben vencer la tentación de confundir la cariñosa protección que deben brindar a sus hijos con una actitud sobreprotectora que los exime de sus obligaciones y termina culpabilizando al colegio y a los profesores de la apatía y desidia que aquellos puedan llegar a demostrar. 


4. El Estado, o sea los gobernantes que vehiculizan sus políticas, debe superar esa miopía que le hace ver la educación como un simple instrumento para modelar ciudadanos “obedientes” y para entrenar la fuerza laboral que la economía reclama. La educación debe verse como una finalidad en sí misma porque es la matriz de la cultura y la cultura es la que nos da un rostro humano.


5. Los medios de comunicación deben superar esa voracidad amarillista en la que los colegios sólo son materia interesante cuando por sus pasillos se pasea la nota escandalosa que genera rating. Los proyectos innovadores que le apuestan al pensamiento, a la ciencia y a la cultura deben divulgarse si queremos una escuela que potencie la vida democrática.  


El secreto de la alquimia pedagógica no está en ningún dispositivo tecnológico ni en ninguna metodología salvadora. El secreto de la alquimia está en los alquimistas. Padres, profesores y estudiantes conformamos ese selecto y privilegiado equipo que tiene en sus manos la posibilidad de transformar la educación a condición de transformar, en primera medida sus paradigmas mentales. Escenarios y actuaciones serán materia de una próxima reflexión. 


Aquí, desde el Liceo de los Andes, desde este hermoso paraje de Cota, les extiendo el abrazo cálido de este viejo-joven aprendiz de alquimista.

Carlos Villa

Rector.

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