Blog de comunidadliceoandina

Cultura Ciudadana

LA PAZ ESTÁ EN NUESTRAS MANOS

Escrito por comunidadliceoandina 02-08-2017 en Cultura Ciudadana. Comentarios (0)

Muchas de las personas alrededor del mundo saben que Colombia se ha enfrentado a un gran conflicto armado por más de  cincuenta años, la violencia ha azotado no solo un hogar, sino miles de ellos, las desapariciones aún no se detienen y en verdad creería que hablar de un postconflicto es demasiado apresurado. Estamos en la era de la postverdad, muchos creen que la paz en Colombia es una utopía, pues solo los resultados del plebiscito lo demostraron, la impunidad es uno de los principales factores que inhiben alcanzarla. La construcción de la paz posee un carácter holístico, lo que la mayoría no comprende, es una obra de la que todos saldremos beneficiados, debemos empezar a aceptar las ideologías diferentes, reconocerlas a través del dialogo y no de la guerra. Desde 1982 hemos intentado negociar siete acuerdos de paz, de los cuales seis han sido fallidos.

Todos los días al despertar me pregunto si podré vivir en un país donde prime la paz, pero por desgracia, no todos pensamos de la misma manera, no todos quieren una paz sostenible y duradera. Al escuchar a nuestros grandes representantes políticos me pude dar cuenta de la gran discordia que se tienen los unos a los otros, ni siquiera parecen humanos civilizados. La campaña del NO promovió la prolongación de la guerra, la ira en la mayoría de los corazones colombianos y lo peor con un argumento poco valido.

Semanas atrás, la ONU certificó que las FARC abandonaron 7.132 armas, la primera de tres entregas (la dejación de las armas se dividió en tres sesiones, dos del 30% de ellas y la última del restante). El grupo armado junto con el gabinete del presidente Juan Manuel Santos presenciaron un acto simbólico en Mesetas-Meta, que marcó el principio del fin de la dejación de las armas por parte de las FARC para convertirse en un partido político. Hoy en día, este grupo cuenta con armas que son empleadas para brindar seguridad a los campamentos, sin embargo según el acuerdo y la hoja de ruta, el primero de agosto del presente año terminará la dejación de armas para así empezar con el proceso de paz.

Estamos viviendo en el siglo XXI, una era en la que impera la postverdad, pero no es esto lo que queremos para nuestras futuras generaciones, una sociedad que vive atrapada en una telaraña de falacias que enredan a la mayoría de los ciudadanos. Soy consciente que las FARC cometieron miles de atrocidades, pero la venganza, la ira y el rencor no nos llevaran a ningún lugar, es el perdón y el dialogo lo que nos permitirá solucionar este problema y de hecho cualquier problema que enfrentemos en nuestra vida diariamente. Sé que los secuestrados, los desplazados, los campesinos muertos, los hurtos y los soldados caídos en combate son unos de los muchos ejemplos de las acciones que ejecutaron en este grupo guerrillero, pero hoy debemos en recordar aquella Colombia que vivía sin guerra y reconstruir la paz que tanto anhelamos para vivir con ella hasta el último de nuestros días. 

Escrito por:

María Paula Bellacazar Mórtigo
Laura Valentina Pérez
Estudiante 11º

HOY LOS COLOMBIANOS VIAJAMOS AL FUTURO

Escrito por comunidadliceoandina 30-09-2016 en Cultura Ciudadana. Comentarios (0)

52 años de guerra dejan cicatrices en el rostro, el cuerpo y el alma de todo un pueblo. La guerra se volvió parte de la historia de los colombianos, como esa sombra tenebrosa que nos persigue a todas partes, como esa segunda piel que nos deforma y nos va cubriendo de llagas y heridas. Ocho millones de víctimas, compatriotas  nuestros asesinados, desaparecidos, torturados, violados, secuestrados, desplazados, pueblos masacrados, niños entrenados para matar y condenados a morir en el combate. Todo el horror de una guerra que degrada al ser humano hasta los límites inimaginables de la brutalidad, la barbarie, la crueldad alimentada por el odio. Miles y miles de jovencitos que salieron de sus casas y dijeron adiós a sus padres para empuñar un fusil. Algunos sobrevivieron y hoy viven atrapados en traumas infernales, muchos despertaron en medio de la noche bajo el tormentoso suplicio de verse mutilados, otros nunca regresaron y sus madres no dejarán de nombrarlos y de llorarlos.

Yo nunca fui a esa guerra y nunca iría a ninguna guerra. Por eso no quiero que nadie más tenga que ir a matarse con otros bajo ningún pretexto, ni a nombre de no sé qué principios, ni para defender no sé qué ideología. Que ninguno de mis hijos tenga que ir, que ninguno de mis nietos tenga que conocer ese infierno, que ni uno solo de mis estudiantes, egresado del Liceo de los Andes, que ningún joven tenga que empuñar un arma para aniquilarse con un compatriota. Y en un mundo tan delirante y demencial como el de hoy sólo veo una forma de evitarlo: acabar con esta guerra. Hoy es ese día, esa hora que parecía inalcanzable, hoy es ese triunfo de la vida sobre la muerte. Hoy, esta tarde, se firma en Cartagena el fin de esta guerra tan absurda e inútil como todas las guerras. A partir de hoy las FARC desaparecen como grupo armado. ¡Qué gran noticia para Colombia y para el mundo!

“¡Tan bobo, tan romántico, tan ingenuo!”, dirán algunos que se creen más realistas. Y puede que tengan algo de razón. Con la firma definitiva del acuerdo de paz con la FARC no se van a solucionar todos los problemas, ni van a desaparecer los conflictos que nos desgarran. Somos uno de los países más inequitativos del mundo, más excluyentes, con mayor impunidad y corrupción, más agresivos contra nosotros mismos y contra la naturaleza. El fin de la guerra no es la apertura de las puertas del paraíso. Nada se va a solucionar mágicamente, pero podremos empezar a solucionar el problema de fondo, el que alimenta todos los otros monstruos que nos destruyen como pueblo. El padre Francisco de Roux lo expuso claramente el jueves pasado en las páginas de El Tiempo:

“El problema de fondo ha sido y sigue siendo la incapacidad de reconocernos como seres humanos con igual valor y dignidad. Por eso la desconfianza, el desprecio, la capacidad de destruirnos siendo la misma sangre y la misma carne colombiana.”

Ese es el verdadero desafío y la auténtica conquista que se abre ante nosotros con los acuerdos de la Habana: empezar la reconstrucción de nosotros mismos como seres humanos. Ese es el primer paso para crear las bases de una sociedad en la que todos tengamos un lugar y no solamente los predestinados por la fortuna. Aún falta refrendar ese acuerdo que hoy se firma en el plebiscito del próximo domingo. No todos comparten el optimismo que a nosotros nos embriaga. La guerra y sus horrores nos volvieron pesimistas, yo mismo he sido pesimista en largos y oscuros capítulos de mi vida. Pero hoy, desde la más profundo de mi conciencia, desde las fibras más íntimas de mi ser de hombre y de padre, de educador y de abuelo, hoy por todos los que han muerto y los que están naciendo, por ustedes, queridos estudiantes, por ustedes y los hijos de ustedes, me la quiero jugar por este Sí a la vida, este No rotundo a la guerra. Si somos capaces de dejar de matarnos entre nosotros es posible que empecemos a vivir juntos y a trabajar unidos para construir un nuevo proyecto de sociedad, más democrática y justa, más civilizada y humana.

Muchas veces decimos que somos muy humanos cuando somos crueles y egoístas, pero eso no es cierto o por lo menos no es la verdad completa. La verdadera y genuina esencia de lo humano es que somos seres amorosos, tiernos y cooperativos, compasivos y solidarios. Hoy es un día histórico para Colombia. El mundo entero vuelve sus ojos hacia nuestra patria, hasta hoy el escenario de la mayor tragedia humanitaria del último medio siglo en América Latina, y por primera vez nos miran con admiración y respeto. Toda la comunidad internacional, representada en las grandes personalidades que están reunidas en Cartagena, confirman una grata evidencia: Los colombianos somos mucho más que coca y violencia, hoy somos un signo de esperanza para el mundo entero, hoy vamos a dar un salto evolutivo hacia nuestra humanidad. Es posible que los historiadores del futuro señalen esta fecha, 26 de septiembre de 2016, como el día en el que Colombia realizó su anhelado y aplazado ingreso al siglo 21.

Con la nueva oportunidad que nos da el fin de esta guerra, aquí en el Liceo de los Andes vamos a trabajar más duro para cultivar nuestra humanidad, para incentivar la pasión intelectual en nuestros niños, para aprender a emocionarnos con el resplandor de la vida que nos dan el teatro, la lectura y la ciencia,  para corregir nuestros errores con humildad y para persistir en la formación de niños y jóvenes capaces de aportar su talento para la tarea que a todos nos convoca: construir un nuevo país donde haya un lugar digno para todos.


BENDITO EL DIOS DE LA PAZ

Escrito por comunidadliceoandina 31-08-2016 en Cultura Ciudadana. Comentarios (0)

Dios, finalmente, nos hace comprender que todos tenemos que cambiar para que todos seamos posibles como seres humanos en un país reconciliado.

Tengo un sentimiento profundo de acción de gracias a Dios desde el martes en la noche, cuando concluyeron las negociaciones de La Habana y supimos que había llegado el final del conflicto armado.


No pretendo que por sentir las cosas así, como creyente, tenga yo más razón que otros. Y tengo plena conciencia de que esta experiencia profunda del Dios de la paz puede no ser compartida por otros que con sinceridad estarían buscando a Dios.


Lo siento así porque veo el misterio del espíritu que se abre paso en el camino de todas las mujeres y los hombres, entre aciertos y errores, fidelidades y vacilaciones, certezas e incertidumbres, no importa si son creyentes o ateos. Y porque en el silencio he constatado también al mismo espíritu bregando por acontecer en la historia de nuestro pueblo, desde lo hondo de la crisis espiritual que nos precipitó en sesenta años de violencia política y desde dentro de nuestras búsquedas de una reconciliación esquiva.


Desde tiempo atrás he percibido este misterio avanzando entre nosotros, entre luces y sombras, cuando Belisario Betancur inició las comisiones de Paz y se creó la Unión Patriótica, cuando Virgilio Barco inició conversaciones con la Coordinadora Guerrillera, cuando César Gaviria convocó la Constitución del 91, en la que fueron miembros exguerrilleros del M-19, el Quintín Lame y el Epl; cuando el ministro de Agricultura de Samper, José Antonio Ocampo, estableció las líneas de las transformaciones rurales que hoy están en el primer acuerdo de La Habana; cuando Andrés Pastrana intentó la paz en el Caguán y consiguió, con el Plan Colombia, el fortalecimiento del Ejército; cuando Álvaro Uribe dirigió a las Fuerzas Armadas con su ministro de Defensa hasta golpear a las Farc y hacerles ver claro que nunca accederían al poder por la lucha armada; hasta cuando la cúpula militar dirigida por el presidente Santos concluyó que había llegado el momento de sentarse a negociar con el enemigo y no pararse de la mesa hasta no firmar los acuerdos.


Pero igual, no puedo dejar de ver a ese mismo Dios de la historia, solidario y compasivo, al lado de nosotros cuando vivimos el genocidio de la Unión Patriótica, en la soledad desesperante de cada secuestrado y su familia, en el horror del soldado que se despierta sin piernas por el impacto de la mina, en las mamás que lloran a sus hijos asesinados en ‘falsos positivos’, en los guerrilleros que están en las cárceles, en los niños que, llenos de preguntas, crecieron en la insurgencia con un fusil en la mano; en las mujeres violadas y humilladas, en el desconsuelo de los hogares que buscan a sus hijos e hijas desaparecidos, en el espanto de los habitantes de los 1.906 pueblos de Colombia arrasados por masacres, en los siete millones de campesinos que abandonaron el campo, en los 280.000 civiles a quienes mataron los actores armados de todos los lados; y en miles de jóvenes militares, policías, guerrilleros y paramilitares que fueron eliminados por balas y bombas.


Dios estaba también allí. En el sufrimiento físico, los corazones destrozados, el terror y el silencio, cuando veíamos naufragar cualquier futuro posible. Y desde allí, el mismo espíritu, nos acompañó en la desolación y nos invitó desde el abismo a no perder la esperanza.


Y no puedo dejar de ver a ese mismo Dios actuando entre los miembros de las Farc, independientemente de si ellos lo perciban. Porque ellos también cambiaron en cuatro años de diálogo, cuando las víctimas les mostraron que lo que estaba en juego era la verdad, la aceptación de responsabilidades, la reparación y la no repetición.

Dios que, finalmente, nos hace comprender que todos tenemos que cambiar para que todos seamos posibles como seres humanos en un país reconciliado.

Escrito por: Francisco de Roux

Francisco de Roux