Blog de comunidadliceoandina

Escritor Rector

¿OBSESIÓN POR LA TECNOLOGÍA O PASIÓN POR LA HUMANIDAD?

Escrito por comunidadliceoandina 14-04-2015 en Escritor Rector. Comentarios (0)

Cada uno es “libre” de elegir las obsesiones que van a gobernar su vida. Algunos se obsesionan por el dinero, otros por el poder, algunos por el conocimiento, otros por la belleza. Una obsesión de la que hoy no podremos librarnos es la obsesión por la tecnología. Vivir recluidos en el mundo físico es imposible cuando el mundo virtual nos envuelve como una segunda piel. De allí se desprende que muchos identifiquen calidad educativa con  tecnología:

                                                      Más computadores = Más conocimiento

                                                           Más internet = Más inteligencia

                                                         ¿Será verdad tanta “maravilla”?

La obsesión por la tecnología puede llegar a ser tan delirante como la estigmatización de la misma. Los dispositivos electrónicos no son la gran salvación mesiánica, pero tampoco son la trampa diabólica de la perdición. Son instrumentos, simples recursos (bueno, no tan “simples”), son escenarios que abren posibilidades. No nos dotan de una mayor inteligencia, ni nos otorgan un mayor poder de discernimiento moral. Solamente nos brindan herramientas para vehiculizar nuestros proyectos, nos dotan de espacios para redimensionar la cultura (¡Casi nada!).

Debemos evitar esa falsa polarización (tecnología mesiánica vs tecnología perversa) que en nada contribuye a mejorar nuestra vida ni nuestros proyectos educativos. Lo que sí es claro es que nuestra labor educativa se resignifica hoy, irreversiblemente, ante el reto de formar seres humanos inevitablemente inmersos en oleadas tecnológicas que transforman incesantemente el mundo en el que vivimos. El acceso a volúmenes fantásticos de información, la simultaneidad de eventos que interconectan el mundo, el vértigo de las comunicaciones, la urdimbre de relaciones que se entretejen en las redes sociales, son expresiones de una nueva cultura planetaria, espacios donde se redefine toda la aventura humana y el futuro de la civilización terrestre.

Pero, además de evitar el falso dilema, lo más importante es no perder el rumbo del proyecto de humanización que da vida y sentido a todos nuestros esfuerzos pedagógicos. La apuesta educativa del Liceo de los Andes es la formación para la plena humanidad. La avalancha tecnológica nos satura de equipos cada vez más sofisticados, nos encandila con posibilidades que bordean el terreno de la ciencia ficción. Nuestra vida, sobre todo la de las nuevas generaciones, es impensable sin la omnipresencia de internet: sin buscadores y portales web, redes sociales y un sinfín de aplicaciones para nuestros dispositivos móviles.  

Podemos tener toda la tecnología a nuestra disposición, pero si nos empobrecemos en humanidad nada somos. Sin humanidad estamos condenados a la autodestrucción, estamos sometidos a la brutalidad cibernética, a la frialdad de un mundo donde la eficiencia desplazará a la ética y el utilitarismo borrará todo vestigio de belleza. Los prototipos de Inteligencia Artificial nos deslumbran con su eficiencia, ya han desplazado la mano de obra humana en tareas rutinarias y pronto nos superarán en la realización de tareas complejas. Pero nada podrá reemplazar las maravillosas destrezas que sólo los humanos podemos transmitirnos unos a otros, los rasgos y rastros de nuestra más recóndita humanidad.

Me voy a atrever a enunciar, sólo a manera de inventario, estos destellos definitorios de nuestra humanidad en peligro de extinción:

1.  La capacidad de comprender a otros y de movilizarnos en su ayuda, impulsados por la compasión.

2.  La apertura mental y emocional a un mundo cambiante y complejo en el que, en medio de la diversidad, todos tenemos los mismos derechos.

3.  La habilidad para comprender textos y a través de ellos poder dialogar con las mentes más brillantes de la historia.

4.  La pasión y el rigor intelectual para debatir sobre asuntos que afecten al bien común.

5.  La actitud autorreflexiva y crítica que nos permite cuestionar nuestras tradiciones a la luz de criterios morales.

6.  La competencia escritural para estructurar textos en los que podamos exponer nuestras ideas con el fin de someterlas a la crítica racional.

7.  La capacidad contemplativa para apreciar la belleza y bajo su resplandor poder re-crear nuestro mundo interior y alimentar nuestra espiritualidad.

8.  Conocer los avances científicos y valorar sus aportes en el esclarecimiento de los misterios del cosmos, en la preservación de la vida y de la civilización humana.

9.  Proyectar sueños y utopías que nos permitan explorar nuevas dimensiones y posibilidades en nuestra vida.

10.  Las habilidades y disposiciones para cooperar con otros frente a una meta compartida.

Estas diez competencias o grandes destrezas humanas, con computadoras o sin ellas, son las que nos han dado el rostro humano que nos define en el curso evolutivo de la vida en este planeta. Seguramente habrá otras habilidades, pero quise destacar estas diez y apuntalarlas como la tarea primordial de la educación y de la escuela. Transmitir volúmenes gigantescos de información ya no es la misión esencial de la escuela, internet y todas las plataformas virtuales nos superan de lejos en esta tarea. La misión insustituible de la escuela es desarrollar procesos de pensamiento, mejorar las habilidades cognitivas, formar seres humanos con la plena disposición a seguir humanizándose el resto de su vida y que, de paso, tengan el coraje para oponerse combativamente a todas las fuerzas que intentan  deshumanizarlos. Esa sí es nuestra labor esencial en la escuela,  tarea en la que ningún dispositivo tecnológico puede reemplazar la generosa, paciente y amorosa labor de un equipo de maestros talentosos y brillantes, expertos en el fino arte de humanizarse mientras desarrollan en los niños y jóvenes las virtudes y pasiones que nos permitirán dar un paso más hacia una civilización planetaria justa y fraterna, un paso más hacia la exploración de otros universos.

De una cosa estoy seguro, en medio de tantas incertidumbres: ningún artilugio de la ingeniería robótica podrá reemplazar a un buen maestro; ningún ambiente virtual, con sofisticadas maravillas electrónicas, podrá reemplazar al aula de clases donde interactúan (¡cara a cara!) niños brillantes, ni reemplazar a una escuela innovadora donde maestros talentosos cultivan  el interés por las personas y contagian la pasión por el conocimiento.

No todos estarán de acuerdo, lo sé. Pero esa es justamente nuestra condición humana, en pleno ejercicio de nuestro derecho a disentir y con la obligación democrática de alimentar la discusión.


Carlos Julio Villa
Rector


LA ALQUIMIA PEDAGÓGICA

Escrito por comunidadliceoandina 11-03-2015 en Escritor Rector. Comentarios (29)


La Angustiosa Búsqueda de la Piedra Filosofal de la Educación

Para quien no lo recuerde, la Piedra Filosofal era la mítica amalgama que los alquimistas de la edad media buscaban de manera delirante, pues estaban convencidos de su poder para transmutar cualquier metal en oro.  

Aplicada como metáfora al contexto educativo, la piedra filosofal habría de ser el sofisticado secreto para convertir la fosilizada rutina escolar en una caudalosa fuente de vida intelectual. ¿Cómo transformar las aulas estériles en espacios rebosantes de vitalidad? ¿Qué recursos didácticos y qué estrategias pedagógicas pueden encender en los desmotivados estudiantes ese fuego sagrado del asombro ante la realidad y del deseo de saber? ¿Cómo combatir la apatía y los sentimientos de frustración que van minando la pasión y el talento pedagógico de los maestros?

Estas y otras preguntas nos remiten a la posible existencia de esa anhelada, misteriosa y mágica Alquimia Pedagógica. ¿Pero adónde iremos a buscar esa chispa de vida que los dioses ocultaron a los pobres mortales? ¿Y si no existe esa piedra filosofal? ¿Si bajo las cenizas del aburrimiento y la mediocridad ya no arde ni una tenue brasa de apetito intelectual? ¡Qué inmenso abismo de incertidumbre! ¡Qué pesimismo tan corrosivo!

Yo quiero arriesgar todo (toda mi vida y mi oficio de maestro) en una apuesta que les quiero proponer: Sí es posible una alquimia pedagógica y, es más, la humanidad ya ha logrado, en ese inmenso laboratorio de la historia, esa descomunal transmutación del bostezo desalentador hacia la mirada de asombro, ese salto abismal de la indiferencia a la perplejidad, de la pasividad a la indagación apasionada.

Algunos estarán pensando que exagero: “Si este profe conociera el secreto de la alquimia pedagógica ya estaría haciendo milagros”. Y tienen razón, no hago milagros Pero quiero aclarar algo. Yo no dije que conociera el secreto, dije que la humanidad ya lo viene descubriendo. Sé que camino en el filo de la ambigüedad. ¿Si no conozco el secreto, entonces, cómo sé que la humanidad ya lo descubrió? No lo conozco si por “conocer” entendemos el pleno dominio de algo. Pero sí logro identificar los efectos transformadores que algunos recursos pedagógicos, implementados por maestros muy inspirados de diversas épocas y lugares, han ido conformando “una poderosa caja de herramientas” que ha demostrado un impacto transformador de las prácticas educativas. 

Cuando algunas voces quejumbrosas, confieso que a veces la mía, se elevan en ese discurso del lamento (“Ya no hay nada qué hacer”, “Esta es una generación perdida”, “La educación no tiene futuro”, “La escuela es una institución anacrónica”, etc.), me doy cuenta del verdadero problema: no sabemos lo que sabemos, sabemos más de lo que creemos saber pero no nos damos cuenta. Hoy sabemos mucho sobre el aprendizaje, sobre las motivaciones. La neurociencia ha encendido su potente antorcha en esa caverna misteriosa de la mente. Pero nosotros incurrimos en un doble error: no valoramos lo que sabemos y no somos capaces de ponerlo en práctica. 

En las sociedades humanas no hay transformaciones mágicas ni recetas de efecto instantáneo. Hay caminos largos y pequeñas victorias, procesos que nos impulsan hacia adelante y momentos en que retrocedemos. En esa escarpada senda de la alquimia pedagógica he detectado tres ejes de transformación: los actores, los escenarios y las actuaciones. 

Esta vez sólo voy a enunciar los cambios que deben experimentar los actores del proceso educativo en sus percepciones y esquemas mentales. Cinco actores sociales y cinco sendas de transformación.     


1. Los profesores deben creer que su trabajo, por anónimo y cotidiano que parezca, está impregnado de vida y de belleza. Su trabajo no es llenar cerebros con información sino ayudar a cada niño para que descubra su propia mirada sobre el mundo y para que se convierta en escultor de sí mismo.


2. Los estudiantes deben aprender que no van a la escuela como quien asiste a una función en la que “alguien” está en la obligación de divertirlos. Al contrario, que son ellos los que deben asumir el reto de aprender a fascinarse con las cosas y a darles vida con el aliento de esa fascinación.


3. Los padres deben vencer la tentación de confundir la cariñosa protección que deben brindar a sus hijos con una actitud sobreprotectora que los exime de sus obligaciones y termina culpabilizando al colegio y a los profesores de la apatía y desidia que aquellos puedan llegar a demostrar. 


4. El Estado, o sea los gobernantes que vehiculizan sus políticas, debe superar esa miopía que le hace ver la educación como un simple instrumento para modelar ciudadanos “obedientes” y para entrenar la fuerza laboral que la economía reclama. La educación debe verse como una finalidad en sí misma porque es la matriz de la cultura y la cultura es la que nos da un rostro humano.


5. Los medios de comunicación deben superar esa voracidad amarillista en la que los colegios sólo son materia interesante cuando por sus pasillos se pasea la nota escandalosa que genera rating. Los proyectos innovadores que le apuestan al pensamiento, a la ciencia y a la cultura deben divulgarse si queremos una escuela que potencie la vida democrática.  


El secreto de la alquimia pedagógica no está en ningún dispositivo tecnológico ni en ninguna metodología salvadora. El secreto de la alquimia está en los alquimistas. Padres, profesores y estudiantes conformamos ese selecto y privilegiado equipo que tiene en sus manos la posibilidad de transformar la educación a condición de transformar, en primera medida sus paradigmas mentales. Escenarios y actuaciones serán materia de una próxima reflexión. 


Aquí, desde el Liceo de los Andes, desde este hermoso paraje de Cota, les extiendo el abrazo cálido de este viejo-joven aprendiz de alquimista.

Carlos Villa

Rector.

Liceo de los Andes, El origen de un sueño

Escrito por comunidadliceoandina 05-02-2015 en Escritor Rector. Comentarios (1)


El lugar exacto de donde brotan nuestros sueños sigue siendo un misterio para la neurociencia. Para el psicoanálisis los sueños son realizaciones de deseos insatisfechos, juegos imaginarios con los que el inconsciente sustituye o reelabora los objetos de deseo. Parcialmente estoy de acuerdo, los sueños son incursiones para explorar los márgenes prohibidos de la realidad. No son premoniciones ni profecías, pero sí son signos que revelan que después de lo real está siempre acechante lo posible, que el mundo no acaba donde alguien trazó arbitrariamente una raya. Por tal motivo, en cuanto son expresión de una insatisfacción con la realidad, los sueños encarnan nuestra más férrea y profunda voluntad de vivir y de luchar.

En mis ardorosos años juveniles, muy en sintonía con los vientos de cambio que sacudían al mundo, mi principal motivo de rebeldía era la escandalosa inequidad socio-económica. Yo no lograba entender mediante qué mecanismos la riqueza había llegado a niveles de concentración tan diabólicos, mientras la miseria se reproducía impulsada por una lógica demencial. ¿Estamos condenados a vivir en un mundo tan inequitativo? ¿Es posible hacer algo para cambiarlo? Esas fueron las preguntas que reflejaron la angustia y la indignación de toda una generación. Y son las preguntas que han marcado la historia de varias generaciones bajo el sino trágico de la violencia y la brutalidad. Aunque no todos las respondimos de la misma manera, por supuesto, ni las vivimos con la misma intensidad, son las preguntas que en algún momento sacudieron nuestra conciencia personal y colectiva.

Algunos comprendimos que la mejor manera de combatir las injusticias sociales era identificar sus factores causales, sus raíces profundas y los mecanismos que las perpetúan. Una de estas raíces, no la única ni la primera quizás, es la desigualdad en términos de apropiación del conocimiento. Para despojar a un pueblo de sus derechos y bienes materiales primero había que despojarlo de la peligrosa y subversiva posibilidad de que accediera a los bienes simbólicos de la cultura. Por esta senda fuimos llegando a una revelación cargada de sentido: “La educación es un  campo de combate” (Zuleta, 1985).

Por este camino se fue descifrando un sentido radical para mi vida, una misión que vino a dar respuesta a todas mis búsquedas. Entonces comprendí que la tarea esencial de mi vida era generar las condiciones para que mis estudiantes tuvieran acceso a la única fuente genuina de libertad: el pensamiento crítico y la libertad creadora. Para lograrlo era necesario crear un proyecto educativo en el que los niños aprendieran cosas diferentes, por caminos diferentes y con propósitos diferentes.

Así nació el LDLA, como una apuesta y un desafío. El conocimiento y la cultura no pueden seguir siendo el privilegio exclusivo de una élite predestinada a gobernar el mundo. Ahora comprendo que si toda una comunidad (estudiantes, padres, maestros y personal administrativo) trabaja por la democratización del conocimiento, o sea para lograr que los niños aprendan y aprendan de verdad, será posible un nuevo proyecto de sociedad donde todos podamos intentar vivir la vida que soñamos y no la que extraños designios nos quieren imponer. 

Carlos Villa, Rector Liceo de los andes