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Una Pedagogia del Afecto y la Compasion

Escrito por comunidadliceoandina 13-02-2015 en Escritos Rector. Comentarios (3)



Hoy se habla mucho de calidad educativa, de estándares y pruebas internacionales, de bilingüismo y competencias laborales. Pero pocos espacios se abren para reflexionar a fondo sobre lo que significa realmente la calidad educativa. Seguramente llegar a un acuerdo unánime no es posible ni deseable.  Cada proyecto educativo responde a una concepción del ser humano y de la sociedad. Para el Liceo de los Andes la calidad educativa tiene una profunda relación con el pensamiento y la acción, pero ante todo con los afectos, con las fibras emocionales, con el drama de toda vida que se escenifica en la búsqueda del amor y de la ternura. De ahí que el eje primordial de nuestro modelo pedagógico sea la afectividad.

Para algunos la afectividad es solo una estrategia comercial: “Educar con afecto tiene más efecto”, “Niños felices, mejores aprendices”. Para otros es una jerga de moda: “El Coeficiente Emocional es más importante que el Intelectual”. Algunos confunden la inteligencia emocional con ser “buena gente”, con ser “simpático”, con ser chévere y extrovertido.

Más allá de estas jergas y modas, la afectividad es y será una dimensión esencial del ser humano y, por ende, uno de los pilares de nuestro proyecto educativo. Si el fin de la educación es desplegar nuestra humanidad, aprender a ser auténticamente humanos, la afectividad es el medio natural en el que nace y se desarrolla nuestra humanidad. Nuestro cerebro, así como desarrolló las estructuras cognitivas como la más elaborada estrategia de supervivencia, también desplegó las estructuras emocionales como la principal herramienta para vivir y convivir, para conectarnos con nosotros y con los otros, para leer las mentes de los otros y concertar acciones colectivas, para establecer prioridades y tomar decisiones en situaciones difíciles.

Uno de los mitos más difundidos es que las emociones y los sentimientos dependen de la bioquímica de la herencia, que los genes determinan nuestra manera de sentir y de reaccionar. Otra fuerte tendencia le atribuye a nuestra primera infancia todo el peso en la formación del carácter. Ni los genes ni la primera infancia nos determinan para siempre. Los investigadores del comportamiento humano cada vez hallan más evidencias que contradicen estos falsos supuestos. El perfil emocional de una persona es, en gran medida, el resultado de procesos de aprendizaje y, por tal razón, es también susceptible de permanentes transformaciones.

Nadie está condenado a ser como es. Todos podemos sentir, pensar y reaccionar de maneras más adecuadas. El afecto no es un territorio misterioso determinado por fuerzas oscuras. El amor o el desamor se aprenden, la ternura o la agresividad se aprenden, la compasión o la crueldad también se aprenden. Así como hacemos grandes esfuerzos para dominar una segunda lengua o para entretejer complejos algoritmos matemáticos, tenemos que dedicar tiempo y energía para realizar  ejercicios conscientes que permitan visibilizar nuestras emociones, enriquecer nuestro lenguaje del afecto, incrementar nuestra capacidad de autocontrol, elevar nuestros niveles de empatía y asertividad, generar el hábito de la autorreflexión para ganar en niveles de comprensión interpersonal.

“Sólo el amor convierte en milagro el barro”, dice una canción de Silvio Rodríguez. En el Liceo de los Andes creemos que sólo la afectividad nos puede conectar con la ciencia y la poesía que le dan luz y calor a nuestra travesía por la vida.

El mundo se debate en una encrucijada de dimensiones históricas: una civilización planetaria que proteja la vida o el imperio universal de la barbarie que siembre la muerte. Solo una ética de la compasión y una pedagogía del afecto podrán inclinar la balanza en favor de la vida. 

Carlos Villa

Rector

Liceo de los Andes, El origen de un sueño

Escrito por comunidadliceoandina 05-02-2015 en Escritor Rector. Comentarios (1)


El lugar exacto de donde brotan nuestros sueños sigue siendo un misterio para la neurociencia. Para el psicoanálisis los sueños son realizaciones de deseos insatisfechos, juegos imaginarios con los que el inconsciente sustituye o reelabora los objetos de deseo. Parcialmente estoy de acuerdo, los sueños son incursiones para explorar los márgenes prohibidos de la realidad. No son premoniciones ni profecías, pero sí son signos que revelan que después de lo real está siempre acechante lo posible, que el mundo no acaba donde alguien trazó arbitrariamente una raya. Por tal motivo, en cuanto son expresión de una insatisfacción con la realidad, los sueños encarnan nuestra más férrea y profunda voluntad de vivir y de luchar.

En mis ardorosos años juveniles, muy en sintonía con los vientos de cambio que sacudían al mundo, mi principal motivo de rebeldía era la escandalosa inequidad socio-económica. Yo no lograba entender mediante qué mecanismos la riqueza había llegado a niveles de concentración tan diabólicos, mientras la miseria se reproducía impulsada por una lógica demencial. ¿Estamos condenados a vivir en un mundo tan inequitativo? ¿Es posible hacer algo para cambiarlo? Esas fueron las preguntas que reflejaron la angustia y la indignación de toda una generación. Y son las preguntas que han marcado la historia de varias generaciones bajo el sino trágico de la violencia y la brutalidad. Aunque no todos las respondimos de la misma manera, por supuesto, ni las vivimos con la misma intensidad, son las preguntas que en algún momento sacudieron nuestra conciencia personal y colectiva.

Algunos comprendimos que la mejor manera de combatir las injusticias sociales era identificar sus factores causales, sus raíces profundas y los mecanismos que las perpetúan. Una de estas raíces, no la única ni la primera quizás, es la desigualdad en términos de apropiación del conocimiento. Para despojar a un pueblo de sus derechos y bienes materiales primero había que despojarlo de la peligrosa y subversiva posibilidad de que accediera a los bienes simbólicos de la cultura. Por esta senda fuimos llegando a una revelación cargada de sentido: “La educación es un  campo de combate” (Zuleta, 1985).

Por este camino se fue descifrando un sentido radical para mi vida, una misión que vino a dar respuesta a todas mis búsquedas. Entonces comprendí que la tarea esencial de mi vida era generar las condiciones para que mis estudiantes tuvieran acceso a la única fuente genuina de libertad: el pensamiento crítico y la libertad creadora. Para lograrlo era necesario crear un proyecto educativo en el que los niños aprendieran cosas diferentes, por caminos diferentes y con propósitos diferentes.

Así nació el LDLA, como una apuesta y un desafío. El conocimiento y la cultura no pueden seguir siendo el privilegio exclusivo de una élite predestinada a gobernar el mundo. Ahora comprendo que si toda una comunidad (estudiantes, padres, maestros y personal administrativo) trabaja por la democratización del conocimiento, o sea para lograr que los niños aprendan y aprendan de verdad, será posible un nuevo proyecto de sociedad donde todos podamos intentar vivir la vida que soñamos y no la que extraños designios nos quieren imponer. 

Carlos Villa, Rector Liceo de los andes